Los anteojos: 

Alguna vez escuche de alguien, que nacer con desventajas físicas, mentales o sociales, permite ver a la gente por como es. Es que te subestiman, y sólo así pueden sentirse tranquilos para mostrarse exactamente como son: Injustos, perversos, inmorales. La profundidad de esas palabras se me escapó por mucho tiempo, hasta hace pocos días, cuando caí en cuenta de lo que inconscientemente me ha pasado por años. A veces, para una miope como yo, no recurrir a mis gruesos anteojos, implica perderme el mundo (¿Qué bus cojo si no veo el letrero? ¿Qué persona es esa sombra que viene ahí?), pero a veces, también, es un alivio. Cuando no ves, de alguna manera sientes que tampoco pueden verte, y entonces te permites ser más tú, reír de verdad, decir lo que sea que se te venga a la mente, sin filtro, sin tapujos (Si me quieren conocer, quítenme las gafas). Fue entonces cuando me golpeó el entendimiento con una ráfaga de claridad asombrosa, como cuando uno ve que algo ha sido obvio toda la vida, sólo que aún no había podido sintonizar con esa obviedad; como si todos los días hubiera estado fuera de foco, y de repente la nitidez hiciera parte del mundo cual si siempre hubiera estado allí. Comprendí, que cuando conoces personas con desventajas pasa exactamente eso.  No las ves (no de verdad), e irremediablemente sientes que no te están viendo.

Así es el mundo de los gordos, de las personas con deficiencias físicas o intelectuales, de los "feos", de los muy flacos, de los diferentes, de las mujeres. Sí, de las mujeres. Porque si los hombres pudieran escuchar(se) los comentarios que nosotras oímos a diario sabrían lo obvio y manifiesto que es el hecho de que no nos ven. El lado oscuro de su humanidad queda bien iluminado, clarito, diáfano. Que a esa gorda tan horrible seguro nadie la mira; que ahí va el bagre, la rancia, la tetona, la culona, la caderona; la tabla esa que nada tiene por mostrar. Que ahí va la buenona, que esa si es bonita y me la quiero tirar; que, ¡marica! Anoche me descaché, o como dicen otros, que ese man si come bueno. Y lo triste es que eso lo oímos de nuestros amigos, de familiares, algunas desafortunadas, de sus novios. Es que a quien se le ocurriría avergonzarse de esas palabras, quién pensaría que merecemos respeto, que no tenemos por qué oír eso, a final de cuentas somos comida, dulcecitos, animales, puro cuero, cositas ricas, plástico, nada. Nada.

Y queda a veces tan difícil estar siempre alerta, siempre en guardia, luchando contra las ideas, los preconceptos, el importaculismo...  sí... es bien difícil... pero lo es aún más luchar contra nosotros mismos (los gordos, los "deficientes", los feos, los flacos, los diferentes, las mujeres). Cómo cuesta convencernos que no somos solo eso (en realidad nada de eso), que somos más (no, somos otra cosa totalmente diferente). Cómo nos cuesta asumir nuestra responsabilidad frente lo que ha sido nuestra historia, darnos cuenta que todo lo hemos permitimos, lo secundamos y además, aportamos nuestra energía para fortalecerlo. Cómo cuesta aceptar que ha sido nuestra pasividad y sumisión lo que nos ha mantenido pasivos, sumisos e invisibles. Cómo cuesta dejar de buscar culpables. Buscamos palabras y formas de decir creativas; diferentes. Acudimos a la poesía, a la sátira, a la música, al arte, para ver si despertamos más de un corazón, para ver si encontramos a alguien que valga la pena querer, a alguien que entienda, y desgastamos todas nuestras fuerzas en gritos airados, lanzados a todos los que hay allí afuera, pero poco hacemos para hacernos entender a nosotros mismos que no importa como salgamos en la foto, que lo importante es la sonrisa, que no importa si somos lindos, si somos delgados, si somos iguales al resto, que en verdad no importa, ¡que en verdad no importa! que en verdad no importa... que nuestro papel en el mundo (y esto va para las mujeres), no es el de seductoras, que no tenemos por qué posar de damas, que nuestro papel (y esto va para todos), es el de brillar por lo que en verdad somos, sacando toda esa fuerza que llevamos dentro. Que nuestro papel es ser nosotros mismos, un poco locos, un poco perdidos, quizás, pero simplemente nosotros...

Un verdadero feminismo dirigiría el foco no a buscar culpables, sino a saber cómo reconectarnos con nuestra fuerza femenina. Un verdadero humanismo uniría todos sus recursos para ver cómo hacernos humanos, en vez de criticar las razones por las que no lo somos. Si por ser gordos, flacos, feos, mujeres, minorías, no nos ven, hagamos que nos vean. Brillemos alto y fuerte, quizás así se percaten de nuestra existencia, e irremisiblemente se den cuenta que siempre los vimos, que siempre estuvimos allí, que sus idioteces nunca pasaron desapercibidas, y les de algo de vergüenza. A lo mejor nuestra luz sea el vidrio que les sirva de gafas, y se den cuenta que siempre hubo un par de ojos devolviéndoles la mirada. Capaz y sea la vergüenza la que haga que cambien, y no tengamos que esforzarnos tanto en meterles el cambio a las patadas; a lo mejor no tengamos que utilizar nuestro cansancio y agotamiento como el precio a pagar para tener la sociedad soñada. A lo mejor no tenemos que llegar arrastrados a la meta, vueltos mierda y desgraciados. A lo mejor, simplemente, hay que hacerlos volver a ver. Devolverles la mirada. Prestarles un par de lentes. Quizás así empiecen a ver que esa sombra que veían por ahí, a la que vilipendiaban y de la que se reían, era en realidad, una persona; no un gordo, ni un flaco, ni un débil, ni una mujer. Una persona. 

Adenda:
Ahora a no creer que el único ciego es el otro (comencé diciendo que hace años soy miope)...

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